Menos Telecinco y más libros

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Hoy comí con Marta y Rosanna en una terraza de una playa de Sanxenxo. Todo transcurría con la normalidad del típico sitio de playa, niños corriendo, camareros estresados, etc. Hasta que llegaron ellas… Las chonis y sus chicos.

Marta dice que tiene un imán para atraer a ciertas personas. Y parece ser que sí, que lo logra. De entrada, por respeto y educación al resto de los comensales, a mí siempre me dijeron que jamás, ni en caso de muerte, se debería entrar en un local con el torso al desnudo. Pero lo bueno es cuando el camarero le dice a uno de ellos que el tatuaje que llevaba le cundía. Supongo que esa especie de pendientes que llevaba también.

El restaurante Basilio, de Canido, tuvo que, harto de estas situaciones, poner un cartel en la puerta prohibiendo la entrada sin tener el torso cubierto. Si es que no cuesta nada, aunque vayas en traje de baño (por cierto, a ver si empezamos ya a llamar a las cosas por sus nombres. El bañador es una persona que baña a alguien) ponerte un polo, y no, como otro especimen del lugar en cuestión, una camiseta de tirantes.

Es simplemente educación. Nada más. Ni siquiera hay que ser muy espabilado para notar que el resto de los comensales tienen la parte de arriba puesta. Sólo hay que fijarse, nada más.

El saber estar debería ser asignatura de la ESO. Me encantaría oír a los jóvenes tratar de usted a los mayores, ver ceder los asientos en los transportes públicos, dar las gracias, ceder el paso… En fin, que simplemente las personas fuesen personas. Se llama educación, y nuestros padres nos la inculcaron de pequeños. Ahora parece que ya vale todo, y que eso de la educación es algo pasado de moda.

Pues lo lamento. Y mucho. Mucho temo que cierta cadena de TV ha hecho muchísimo daño, y hoy las generaciones creen que Belén Esteban es el modelo a seguir, y Gran Hermano y similares es la realidad. Que ir muy tatuado «cunde» y que agujerearse las orejas (en los chicos) es lo más.

Por si alguno de estos chonis me lee, que que espero que no pase, los tatuajes se los ponían los marineros que se enrolaban en las tripulaciones, para que, en caso de naufragio y muerte, pudiesen indentificarlos. Algo romántico y bonito. Tenía sentido y era una práctica que sólo se hacía entre los hombres de la mar. El pendiente era otra cosa. Sólo los elegidos lo llevaban. Sólo los aguerridos y valientes marinos que cruzaban el Cabo de Hornos, tenían el privilegio de ponerse en la oreja un aro de oro.

No creo que ninguno de estos valientes chonis hayan cruzado el Cabo de Hornos, ni sientan el tatuaje como un DNI para que le reconozcan si naufragan…  Educación, más educación, y algo de cultura, por favor… Menos Telecinco y más libros.

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